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Del grano a la montaña

¿Has pensado alguna vez cuantos granos de arena se necesitarían para formar una montaña? Al ser humano, a veces, con uno sólo le basta. Hay ocasiones en las que un incidente, conversación, pensamiento o suposición es capaz de generar un incómodo malestar y provocar, incluso, un considerable sufrimiento… Y aún más, puede desatar la imaginación sobre consecuencias negativas del mismo, ocasionando desazón por algo que aún no ha ocurrido y que tal vez, ni siquiera ocurra, o no de esa forma. ¿Exagero?

A pesar de su apariencia ilógica, este tipo de actuaciones parece tener alguna finalidad, por lo que cabe plantearse una serie de cuestiones: ¿Cuál es el objetivo de este desasosiego? ¿Realmente nos ayuda a prepararnos ante el futuro suceso?  ¿Qué hay entre el hecho real y sus efectos? Vayamos por partes. En primer lugar, y por cuestiones de supervivencia, nuestro cerebro busca seguridad, tener el control de la situación. Para ello, tratará de anticipar respuestas a eventos que, entendemos, puedan atentar contra nuestra integridad física y/o emocional, y su forma de movilizar para la acción es producir la suficiente “molestia” como para ponernos en marcha y cambiar el rumbo. Esto se complica cuando en lugar de tomar la acción oportuna y adecuada —si fuese el caso— bien porque no sabemos cómo actuar, tememos hacerlo o bien porque no depende de nosotros, optamos por mantener el supuesto problema en un plano puramente mental. El resultado de esta falta de acción es lo que puede llevarnos a “rumiar” una y otra vez pequeños detalles haciendo que centremos en ellos gran parte de nuestra atención; lo que a su vez les irá dotando de mayor importancia y espacio a nivel cognitivo. Si además es algo sobre lo que no tenemos experiencia previa, le sumaremos el temor a lo desconocido. En este punto es dónde cobra especial relevancia la respuesta a la última pregunta: Entre el acontecimiento y su repercusión se encuentra la propia interpretación de lo que nos sucede, y dependiendo de cómo sea emitiremos una respuesta ajustada a la magnitud del hecho o una reacción inefectiva y desproporcionada presente y futura. Por lo tanto, es crucial que nos detengamos a analizar dicha interpretación, el estado emocional en el que nos encontramos y si caben otras posibilidades o perspectivas más favorables; teniendo en cuenta los hechos, observándolos de forma más objetiva y con la distancia necesaria. Esta manera de proceder nos ahorrará quebraderos de cabeza inútiles, tiempo de vida y recursos personales que sin duda serán más productivos si aprendemos a optimizarlos otorgando a cada acontecimiento la importancia que merece en su justa medida, tomando las acciones oportunas cuando sea necesario o “limpiando nuestras gafas” de contemplar realidades. De lo contrario, vivir puede convertirse en toda una intransitable sucesión de cordilleras “granuladas”.

Piensa, ¿qué sueles encontrar en tu travesía?


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