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Encontrarse perdid@

Puede parecer una paradoja pero “encontrarse perdido” ya es una forma de descubrir, de reunirse con uno mismo y comenzar a tomar consciencia sobre en qué punto de la vida estamos y si es dónde realmente queremos estar. Reconocer que nos hemos perdido no es una tarea grata y buscar de nuevo la senda no es lo más complicado: saber a dónde ir será, a veces, el principal obstáculo que debemos sortear cuando nuestra “visión de lejos” es borrosa.

Atrapados en un trabajo sin sentido o en una relación sin futuro o en una situación que se nos torna oscura y dónde percibimos que no podemos ver más allá de dos pasos por delante, nuestro sentido de la orientación se difumina. ¿Qué hacer? Nos limitamos a mantener el paso a velocidad constante y a tratar de capear el malestar anímico (a veces también físico) que nos genera la falta de dirección. De sentido de la vida. Pero… podemos hacerlo mejor.

Y es que toda vida necesita de un propósito, de un sentido, de un para qué. Es posible que aún no te lo hayas planteado o que siempre lo hayas tenido claro. Aun así, puede suceder que en determinadas etapas vitales, sientas que vas sin rumbo definido. En tal caso, ¿qué hace que nos perdamos? ¿Qué nos puede producir esa “miopía mental”? Las causas pueden ser diversas. Es posible que lo que hayamos estado realizando hasta el momento no nos proporcione los resultados esperados y como consecuencia nos frustremos, comencemos a perder la confianza en las propias capacidades, habilidades, y lo que es aún peor, en nosotros como persona válida para afrontar con éxito los retos. Esto suele suceder con bastante frecuencia cuando el trabajo que realizamos deja de parecernos atractivo y nos genera malestar, bien porque sentimos que se ha vuelto mecánico o bien porque no llegamos a ver la relevancia que tiene nuestro papel en todo el sistema. Ocurre igual ante situaciones donde percibimos que hemos perdido nuestro rol dentro de la sociedad; como es el caso del desempleo o la jubilación. Es curiosa la cantidad de veces que nos quejamos de no tener tiempo, pero cuando lo tenemos en exceso, no saber qué hacer con él, a la larga, va creándonos emociones y sentimientos que no hacen sino empeorar la imagen que tenemos sobre nosotros, afectando de forma negativa a la autoestima y autoeficacia personal. También los intentos infructuosos por salvar una relación dañada o continuar en la búsqueda de una nueva nos hace replantearnos si, tal vez nos habremos equivocado… Si tomar medidas para cambiar las circunstancias merecerá el esfuerzo. 

Sin duda, dar “un norte” a nuestra existencia exigirá, por nuestra parte, de una reflexión profunda que nos resitúe y nos lleve a indagar sobre las necesidades que estamos dejando sin cubrir. Y, ojo, que hablo de necesidades, no de deseos ni caprichos, sino de aquello que es menester para la conservación de la vida, cuyo propósito es ser vivida… Respirar; no solo aire, también paz. Descansar; no solo dormir, también soñar. Alimentar; no solo del cuerpo, también el alma. Desechar; no solo materia, también pensamientos. Cuidar; no solo tu hacer, también tu ser. Ganar; no solo dinero, también el valor de lo creado. Amar; no solo a los demás, también a ti mismo/a con amable aceptación. Dar; no solo recibir, también entregar primero.

Y tú, ¿Qué tal te encuentras?






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  1. Un millón de gracias a ti por entrar al blog y regalarme tus palabras, Carmen. Confío en que esas semillas sigan floreciendo.. ¡ahora que ya es primavera! Un abrazo muy fuerte y te espero por aqui de nuevo!