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Pon tu viento a favor

Viajar nos abre horizontes, amplía las perspectivas y nos traslada hacia aquel destino que anhelamos y que nos gustaría alcanzar para conocerlo, para explorarlo, para perdernos o para encontrarnos… Quizá para transformarnos. Sin embargo, siempre he pensado que no es igual iniciar un viaje deseado que hacerlo por obligación, porque la actitud con la que emprendamos la travesía, nos aportará el matiz que lo convierta en una aventura o en un calvario. Si optamos por la segunda y nos negamos consciente o inconscientemente a cambiarla, no habrá duda de que acabaremos arrastrándola como un pesado equipaje. Esto también sucede en un proceso de Coaching.

Para quién aún no esté familiarizado con el término, el Coaching es una metodología que, en mi opinión, incorporada a tu día a día se torna en una filosofía de vida. Un forma de ser y estar en el mundo en la que el compromiso con uno mismo es el motor para expandir el autoconocimiento, ejercer la responsabilidad, incorporar en tus relaciones una adecuada comunicación, gestión emocional y del cambio, sin olvidar, el valor de practicar la resiliencia; pilares todos ellos del bienestar físico y psicológico que ayudan a construir puentes hacia nuestros objetivos. Asimismo, suele compararse el Coaching con un camino o un viaje en el que iremos acompañados, desde dónde estamos hasta dónde queremos llegar y durante el cual hacer acopio de herramientas útiles que poder utilizar cada vez que nos propongamos encaminarnos a un nuevo “destino”. Pero, ¿tenemos en cuenta cuál es nuestra disposición al cambio? Me estoy refiriendo a la actitud con la que partimos en dirección a este “viaje al interior” y con la que afrontar aquello que allí encontraremos. Apertura y curiosidad serán dos claves importantes: la primera para poder cuestionar qué y cómo somos, pensamos, hacemos y sentimos. Aquí no hay que dar nada por supuesto. La segunda, para continuar avanzando desde una mentalidad de aprendizaje, de descubrimiento y con coraje.

Lamentablemente, la cultura de la inmediatez no deja tiempo ni espacio a la reflexión. No hay lugar para las preguntas. Todo se quiere “para ya”, que sea fácil y rapidito. El proceso de Coaching te ofrece una ruta alternativa dónde detenerte sin estancarte, porque trabajar en uno mismo consiste en ir más allá de lo superficial, no es quedarse mirando desde la costa y pensar que así aprenderemos a navegar. Ser capaz de abrir la “coraza” con sincero interés a pesar de los miedos, a la par que vamos dejando de lado los juicios y los reproches… no sucede en un parpadeo. Debemos crear momentos para cultivar la confianza que nos impulse a actuar con determinación. Es por ello que cuando el recorrido que emprendemos se orienta a lo más profundo de nuestro ser, es imprescindible afrontarlo con una actitud que nos pese poco, que no sea un lastre más que acabe anclando el propio desarrollo vital, sino que nos sirva como un soplo de viento a favor en nuestras “velas”.

Practicar la observación te permitirá divisar con claridad las barreras de coral con las que construyes tus límites. Ser consciente de tus recursos te ayudará frente a las tempestades cuando las olas sacudan tu navío. Aprender de los errores será útil para reinterpretar la propia carta de navegación, siguiendo tu brújula emocional. Una constante actitud de avance hará que surques tus mares viento en popa. El timón está en tus manos… Lo siguiente es ser consecuente.

Y tú, ¿te vienes de viaje?

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