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¡No te quemes!

Imagino que a estas alturas del año, o ya has disfrutado parte de tus vacaciones o queda poquito para que puedas comenzarlas y tomarte ese ansiado descanso después de —con suerte— muchos meses continuados de trabajo. En la playa, en la piscina, en la montaña, en el río o dónde quiera que hayas decidido invertir este tiempo de relax al aire libre, en tu equipaje no faltará un buen protector solar que evite o reduzca los efectos perjudiciales del Sol en tu piel. Son evidentes los beneficios que el astro rey nos aporta, sin embargo, no tomar las precauciones oportunas puede acabar dañándonos. Igual ocurre con el trabajo. Y aquí, ¿te tomas en serio la responsabilidad de protegerte para no terminar quemado?

El síndrome de burnout, también conocido como el síndrome del trabajador quemado es considerado desde hace unos meses por la Organización Mundial de la Salud como una enfermedad laboral que conlleva nefastas consecuencias tanto para el empleado (afectando a su salud y relaciones) como para la organización (incidiendo en la calidad del servicio y provocando pérdidas económicas). Este trastorno tiende a darse con mayor frecuencia en personal sanitario, docentes y profesionales que tratan de forma constante con personas a las que proporcionan asistencia. Suele desarrollarse como consecuencia de un nivel elevado de estrés mantenido en el tiempo, dando como resultado un alto grado de agotamiento físico y emocional, actitud distante (despersonalización) hacia las personas con las que se relaciona y una sensación de falta de interés por la propia actividad laboral, lo cual conlleva una merma en la productividad. Como en casi todo, la prevención es la mejor inversión ya que nos ahorra sufrimiento, costes y tiempo. Por tal motivo, de igual forma que protegemos con lociones nuestra piel del sol abrasador, es imprescindible el salvaguardar la salud emocional y psicológica de los estragos que el estrés provoca antes de que acabemos carbonizados. ¿Cómo hacerlo?

Por parte de la empresa, creando entornos laborales saludables donde ser eficiente no signifique trabajar con lo mínimo sino con lo necesario; donde trabajar bajo presión no sea lo habitual ni la consecuencia de una deficiente planificación basada en la idea de reducir costes; donde el aprendizaje, el disfrute y el rendimiento en el puesto estén equilibrados y se enfoquen a proporcionar valor. Un entorno dónde la comunicación efectiva fluya sin estancarse y mantenga fresco el ambiente. Es básico conservar abierta esa “sombrilla” para paliar las inevitables subidas de temperaturas que en ocasiones causan los imprevistos.

Si tu rol es el de empleado/a, se trata de poner en práctica estrategias que contengan un potente FPE (Factor de Protección Emocional), que te  ayuden a lograr mayor estabilidad interna y una mejor capacidad de resiliencia. Dichas estrategias a nivel personal deberán incluir como ingredientes fundamentales grandes dosis de inteligencia emocional y social, un propósito vital claro, así como, los valores sobre los que éste se sustenta y una actitud positiva dirigida a la solución en lugar de al problema. ¿Te has preguntado alguna vez cómo sería tu trabajo ideal? ¿Qué características de ese trabajo ideal le faltan a tu trabajo actual? ¿Cómo podrías reducir la brecha entre uno y otro? ¿Qué decisiones propias te han llevado a dónde estás ahora? Y… si esto no es lo que de verdad quieres… ¿qué te está impidiendo salir de esa situación?

Por último, otro elemento esencial y en este caso común a ambas partes, es la reflexión. Detener el ritmo acelerado del trabajo para generar un espacio de tiempo que otorgue distancia suficiente para plantearnos si lo que creemos, pensamos, decimos, hacemos y la forma en que lo hacemos contribuye a encender la llama o empieza a olernos a chamuscado.

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